El descenso embargó nuestra ilusión por el partido a partido. La emoción vivía secuestrada entre los barrotes de la clasificación. Ganar era más una obligación que una recompensa. Andábamos desquiciados intentando adivinar quién sería nuestro rival en la eliminatoria final y, en muchas ocasiones, nos perdíamos lo que ocurría sobre el césped cada fin de semana. Satisfactoria en muchos aspectos, la realidad es que la temporada pasada se hizo larga, agotadora. Bien está lo que bien acaba.

El salto de categoría implicaba unos riesgos que yo, personalmente, asumo gustosamente. A diferencia de la temporada pasada, los rivales ya no dependen únicamente de los errores de la escuadra de Vicente Moreno para batir al Mallorca. Ahora también pueden hacerlo por méritos propios. El Mallorca ha pasado de ser muy superior al resto de sus rivales a no ser peor que nadie.

Creo, sin embargo, que este año vamos a disfrutar mucho más a menudo. No solo al final del campeonato. De hecho, creo que podremos hacerlo incluso durante los partidos. Antes incluso de saber cuál va a ser el resultado final. Porque en un duelo de igual a igual, las opciones de victoria solo se reducen, nunca desaparecen. Estuvieron ahí cuando el Albacete se adelantó en el marcador. Zozobraron, para que negarlo, con la lesión del capitán. Incluso parecieron esfumarse con la expulsión de Raíllo. Pero, a pesar de todo, Valjent tuvo la opción de empatar el partido en las postrimerías del encuentro.

La dificultad propia de la categoría debe ser tomada más como una motivación que como una amenaza. Luchar contra uno mismo, además de tedioso, es un coñazo. Lo siento, pero no tengo alma de runner. Me imagino a Vicente Moreno durante los entrenos de la temporada pasada, intentando evitar a toda costa cualquier atisbo de relajación o autosuficiencia. Ya no existe ese riesgo. Ahora ya no basta con mantener el nivel. Ahora se trata de superar a tu adversario. Ahora se trata de jugar mejor que alguien.

El objetivo son los tres puntos. Siempre. En casa, fuera y contra el rival que sea. 42 jornadas, 42 miniobjetivos. Carpe diem total. Un vivir el momento sensato, haciendo lo que debes y estando en lo que haces. Algo que debe empezar a entender Raíllo. Esta vez fue la picardía de Zozulia, más que el brazo del central, la que tiñó de rojo la tarjeta. Triquiñuelas del balompié, otras veces aplaudidas a Reina, las cuales personalmente no comparto. Tan innecesarias como jugar con uno menos.