Joan Sans ( @JoanSonite )

¿Qué no haríamos por cumplir nuestros sueños? ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar por alcanzar aquello a lo que siempre hemos aspirado? Me quito la careta por un rato y envío a la mierda la educación de mis hijos, el futuro al lado de mi pareja, el bienestar de mi madre, las risas con los amigos o la seguridad que otorga el curro; hoy me olvido de los pilares que sustentan mi burguesa existencia y confieso que lo dejaría todo por tocar la batería, el gran deseo de mi vida. Porque los sueños hay que cumplirlos… o, al menos, intentarlos. Anhelo tocar la batería desde crío. Lo hice una vez, hace como 25 años, en el garaje de casa de un amigo del colegio, pero lo hice semánticamente, con la mano, sin baquetas, y no me pareció suficiente. Me encantaría desarrollar el talento de aporrear bombos, cajas y platos como un demonio, y hacerlo con sentido. Y pese a que dé que pensar que no haya hecho nunca nada para conseguirlo (“al menos cómpratela” -me dijeron una vez- “y así te obligas a tocarla” -insistieron-), que da que pensar, no quiere decir que no sea así porque pienso en ello constantemente e, incluso, muchas veces me sorprendo haciendo de Keith Moon al volante ante la mirada atónita del pequeño desde su sillita. Han sido muchas las ocasiones en las que he pensado en apuntarme a clases y, como mínimo, probarlo y certificar directamente que no valgo. Pero hasta ahora nada ha cambiado y, seguramente, así seguirá. ‘De haber sabido, podría haber sido un gran baterista’, rezará mi epitafio. Sucede cuando en la vida siempre se toma el camino fácil. O, al menos, cuando se toma conscientemente.

Hace un par de semanas uno de los dos bares que tenemos debajo de casa cerró de manera indefinida. Verja echada, sin ni siquiera un cartel ni más noticias que los rumores que han circulado por la calle desde entonces, lo damos por cerrado. Dice mi suegra que es un lugar maldito, un local donde jamás ha triunfado un negocio, que durante el último lustro ha pasado por media docena de manos distintas, acabando en un traspaso perenne. Siempre ha abierto originariamente como bar de menús y siempre, al poco, se ha acabado reconvirtiendo en albergue de aquellos que no saben qué hacer con sus huesos y que apuran sus tardes botellín a botellín, cubata a cubata, creando el caldo de cultivo óptimo para llegar a las madrugadas pasándose por el forro las normas básicas de convivencia vecinal. Hace unos meses lo pillaron tres chavales del pueblo, quienes parecían haber cambiado el chip de la taberna: se curraban unos menús sencillos y efectivos, ofrecían sushi los fines de semana y, sobre todo, cerraban pronto y abrían tarde. Ahora hemos sabido que parece ser que se han visto empujados a chapar porque el arrendador, un viejo ricachón chanchullero, les dejó colgados con temas de permisos y papeles. En resumen, porque el local está maldito. Una pequeña parte de esa maldición incontestable me dejó impactado, meses atrás, cuando los paisanos de su competencia, el bar de viejos de enfrente, me contaron que el camarero de entonces, un pálido hombrecillo rubio de unos 50 años, había visto arruinada su prometedora carrera de futbolista por culpa de la botella y que había acabado jugando, y no es broma, en el Atlético Baleares. “Con lo que podría haber sido”, me decían. “Era buenísimo. El alcohol lo mató”. Y 30 años después de aquello, abría, cerraba, servía mesas, fumaba y bebía indistintamente, como alternativa a un sueño frustrado, como la única opción al error de una vida… o no. Y así estuvo incluso durante los días en que la propietaria, ahogada por las deudas y la cocaína, había huido lejos, dejándole las llaves de un negocio condenado sin remisión. Otra que vio sus sueños desvanecerse.

Estos días de trabajo de pretemporada, de jornadas estivales de exhaustiva preparación de cara al inicio del campeonato de Liga, varios componentes de la primera plantilla mallorquinista fichados recientemente, como si de un puñado de canteranos se tratara, se encuentran ante una incómoda paradoja al jugarse algo tan importante como cumplir el sueño de convencer al míster y escalar un peldaño futbolístico, con la diferencia nada sutil de que son una apuesta del club, que ha pagado por ellos. Los Moyita, Stoichkov, Buenacasa y, en menor medida, Fran Gámez (que por necesidad llegó la pasada campaña y parece tener un sitio en la plantilla) ocupan un espacio estratégico de la planificación históricamente reservado a los cachorros de Son Bibiloni, cuya cuota en esta ocasión se ve limitada a Baba como quinto mediocentro y a un James sobre el cual recae la maldición de haber sido puesto como ejemplo de cantera por el CEO en algún momento y, por tanto, de salir del club por la puerta de atrás. Si bien esa presión extra para los futbolistas, a título particular, puede y debe servir para que den lo mejor de ellos mismos, incrementar la competitividad del grupo y mejorar el resultado final, no creo que el escenario más idóneo para trabajar sea aquél que le sitúa a uno incesantemente en la rampa de salida con una etiqueta de cesión pegada a la frente, sin apenas haber podido competir. Sin embargo, a diferencia de otros casos en los que se ha tomado el camino fácil, no parece que estos chicos vayan a cejar en su empeño de seguir progresando y llegar a la meta para la que llevan varios años trabajando en categorías inferiores, cada cual a su ritmo, desde que supieron que el fútbol, su sueño, podía convertirse también en su sustento. Veremos si lo consiguen en la Isla.

“¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. (Sergio Dueñas Ruiz ‘Moyita’, julio de 2018).

Joan Sans

Mallorquinista por la gracia de Dios, su blog Amb l’Ungla es punto de peregrinación obligatorio para todo buen aficionado bermellón que se tercie. Inteligente, despierto, mordaz cuando es necesario, Joan convierte sus textos en el altavoz perfecto para recordarnos, las veces que haga falta, que “lo importante en el fútbol es la vida”.

Un auténtico privilegio para el BarraletHerald poder contar con su colaboración.