No queda absolutamente nada que decir y, desgraciadamente, muy poco que sentir. La desilusión y el desapego hacia la actual realidad del club aumentan a un ritmo vertiginoso y, ni siquiera así, logran alcanzar la verborrea insana de un CEO engullido por su propio personaje. Adicto al discurso vacío, enamorado de su retórica enlatada y vencedor en todas sus fantasías, a Maheta Molango le quedan ya pocas excusas a las que aferrarse. Porque si la permanencia igual no es un requisito indispensable para el plan ideado desde Phoenix, es del todo imprescindible para el mallorquinismo de a pie, ese que dota de sentido a todo este negocio.

Y así, del mucho hablar y el poco ganar, se llegó a la debacle de Santo Domingo. En un partido lamentable, repleto de choques entre jugadores del mismo equipo, resbalones y errores groseros, el aficionado bermellón comprendió, como nunca antes, el significado pleno del ridículo. Los de Olaizola se jugaban mucho más que media permanencia ante uno de los peores equipos de la categoría. El Alcorcón se presentaba en cuadro y su mejor jugador ni siquiera hizo acto de presencia. Y aun así, el Mallorca perdió. El enésimo batacazo mallorquinista carga de razón a los más pesimistas y nos devuelve la cordura a los locos que todavía creíamos en la salvación.

El hecho de que la permanencia ya no dependa de este equipo ni de esta directiva puede servir de consuelo, pero no alcanza como remedio. El milagro pasa ya por tantos campos y resultados ajenos, que sólo hablar de ella provoca cierto sonrojo. Porque, lamentablemente, ese ahora mismo ya no es ni siquiera el objetivo primordial de este equipo. Lo fundamental, lo único importante, pasa por recuperar el respeto por uno mismo y mantener la dignidad, o lo que queda de ella, de aquí a final de temporada. Callar, correr, aguantar todas y cada una de las críticas, volver a correr y callar. Y así, tal vez, llegue todavía alguna victoria.

Sin que sirva de precedente, y aunque sólo sea por unas horas, me apetece ser el abanderado del fracaso. Ya habrá tiempo, mañana tal vez, para una nueva conjura de los necios. Que nos avisen, que ganen aunque tan solo sea un partido mientras todavía haya tiempo, y nos encontrarán de nuevo empujando a su lado. Hoy, no. Lo siento, pero no.

*Columna de opinión publicada en El Mundo-El día de Baleares el 2 de Abril de 2017.