Tras su entrada triunfal en Son Moix, chequera de Sarver en mano, Maheta empieza a experimentar la soledad del despacho. Sin caer en simplezas de que el trabajo en la mina o el campo es más duro, evidentemente, es justo reconocer que la toma de decisiones a este nivel implica un desgaste personal y emocional agotador. Siempre en el punto de mira, con más papeletas para recibir un bofetón que un aplauso, Molango afronta ahora la primera crisis con su figura como epicentro.

Los santos en el fútbol reposan en pedestales frágiles, capaces de aguantar sólo un escaso número de golpes. Del primero salió indemne. Las culpas tras una agónica salvación se repartieron a partes iguales entre los jugadores y el entrenador, pero no hicieron mella alguna en la figura de Molango. Ahora, con el equipo de nuevo en descenso, pero sin el parapeto de Fernando Vázquez y con una plantilla totalmente renovada, el dedo acusador sí señala al palco.

Porque el problema a principio de temporada sólo era la falta del 9. Ahora lo es todo el equipo. El Atlético de Madrid descendió a Segunda División con Hasselbaink, Juninho y Kiko como titulares. No son excusas. Son evidencias de que la lógica no rige en el fútbol. Un axioma con el que debe convivir Molango y del que le conviene estar precavido. Porque aunque en su despacho intente minimizar errores, el balón sobre el tapete es el único que manda en este juego.

No quedan más ventanillas donde presentar el libro de reclamaciones. El producto ha salido defectuoso. Por mucho que el diseño pareciera bueno y estuvieras convencido de que los materiales seleccionados eran los adecuados. La realidad se impone y los resultados mandan. Y en muchas ocasiones, nadie tiene la culpa. Porque no hay receta mágica que asegure victorias. Porque tan lícito era mantener a Vázquez como cesarlo tras conseguir la permanencia.

Sea como fuere, Molango tendrá que hacer y deshacer hasta conseguir dar con la tecla. Necesita un golpe de efecto que revierta la dinámica del equipo. La llegada de Olaizola es su primer cartucho. El siguiente es el mercado de invierno. Porque, en ocasiones, lo que hace falta es sangre nueva, libre del virus de la derrota. Un virus silencioso, que se instala en el grupo y lo debilita hasta hundirlo por debajo de su capacidad real.

Maheta está solo y lo sabe. Si el equipo tira para arriba, será a pesar de su gestión. Si continúa descendiendo hacia el abismo, será el máximo culpable. Fútbol. Implacable, cruel hasta la extenuación.

*Artículo publicado en Fútbol desde Mallorca el 14 de Diciembre de 2016.